La relojería francesa comenzó a desarrollarse en París bajo la influencia de maestros italianos y alemanes.
Durante el reinado de Francisco I y Enrique II, los primeros relojeros se establecieron en la corte.
Con Luis XIV (el Rey Sol), París y Versalles se convirtieron en centros de arte y lujo; los relojes franceses se distinguían por su ornamentación artística (bronce dorado, esmalte, marquetería).
Destacaron relojeros como Christiaan Huygens (aunque neerlandés, trabajó en Francia, inventó el péndulo en 1656) y Thuret, quienes perfeccionaron la relojería de precisión.
En el siglo XVIII, maestros como Ferdinand Berthoud y Pierre Le Roy innovaron en cronómetros marinos, clave para la navegación.
La relojería francesa se diversificó: en París se seguían produciendo relojes de lujo y artísticos, mientras que en regiones como Besançon (cerca de Suiza) se desarrolló la producción más industrial.
Besançon se convirtió en la “capital relojera francesa” y sede de la Escuela Nacional de Relojería (fundada en 1862).
Francia perdió protagonismo frente a Suiza, que tomó el liderazgo mundial en innovación y producción.
Sin embargo, sigue habiendo marcas francesas de prestigio como Cartier, Breguet (fundada en París en 1775, luego trasladada a Suiza), Hermès y Lip.
Hoy la relojería francesa combina tradición artística, diseño de lujo y relojes de moda.
Mientras Suiza se centró en precisión técnica, Francia destacó en estilo, diseño y artes decorativas, aportando una herencia única a la relojería mundial.